jueves, 13 de noviembre de 2008

Barruntos

Nunca en la vida me he tomado en serio a nadie que se pretendiera pitoniso, augur u ocurrente en general, lo cual no quiere decir que no crea en la posibilidad de adivinar el porvenir, incluso de casualidad. Siempre he tenido el buen tino de mantenerme en un agnosticismo cobarde y oportunista, sabedor de que aquél que defiende cualquier hipótesis ha de recibir antes o después una lección de humildad en forma de lluvia de excrementos más o menos sutil, con la que la realidad se impone a cualquier intento por comprenderla.

En efecto, no comparto esa fe en la omnipotencia de la razón humana, por el contrario, tengo por mucho más poderosa a la ignorancia. Nótese bien, aborrezco la fe, no la razón.

Por ello se comprende que al no atarme a convicción alguna vivo libre, y tan pronto hago apalear al buhonero que llama a mi puerta ofreciéndose a leer la buenaventura, como me erijo yo mismo en oráculo agorero. Es el caso que de esta manera tan rocambolesca e improcedente pretendo introducir.

Dos veces en mi vida he tenido sueños premonitorios. No es lo que se dice un don sobrenatural, habida cuenta de que en mis treinta monos chorongos he tenido más de once mil ocasiones para la clarividencia onírica (sin contar las siestas) Es más, seguramente exista una explicación estadística a estos aciertos, e incluso puede que me encuentre por debajo de la media, pero nada de esto me importa, pues el poder ver o no el futuro me es indiferente en realidad. Lo que me abruma es el supremo vértigo que le invade a uno en el momento de constatar que el sueño que se acaba de tener coincide asombrosamente con el suceso de la mañana siguiente.

La primera vez fue siendo muy chico. Soñé con un cuarto de paredes, suelo y techo metálicos, fríos, color azul oscuro. Sólo la puerta de un ascensor, y sobre ella un rótulo de neón: “El programa de Pi”. Había, eso sí, alguien más junto a mí. Una persona que ya no recuerdo, y que era introducida en el ascensor para bajar, imagino ahora, al plató del programa en cuestión. En realidad lo único que recuerdo claramente es el momento en que vi descender el ascensor por su vano para quedarse atascado en el nivel inferior. Entonces, un desgarrador alarido procedente del interior del elevador helóme los huesos.

Desperté conturbado y mientras me desayunaba en la cocina materna, la radio comunicaba que en Barcelona una o varias personas habían muerto al caerse un ascensor. Le conté entonces el sueño a mi madre, quien sin darle mayor importancia me aclaró que Pi era, efectivamente, un apellido catalán.

Una y no más, hasta esta mañana. Un sueño turbio y desolador, en el que un grupo de personas, en una casa de campo, metíamos a nuestros mayores en una furgoneta, camino supongo del asilo, pero como si fuera el tren a Auschwitz. Allí andaba mi abuelo, mayor como está, con su bastón y varios viejos más, entre ellos otros dos, uno que mascullaba hoscamente, y un tercero para mí desconocido, cuya mirada antes de cerrar las portezuelas de la furgoneta hizo que se me viniera el alma abajo. Sonreía, el vejete, con sus ojos de perro lloroso clavados en los míos. Pero sonreía sincero.

Me he levantado con unas ganas locas de fumarme un cigarro. Un purazo, digo, no un pitillín de esos a los que estoy acostumbrado. Nervioso, vaya. Luego he oído por la radio que un señor mayor del que jamás había oído hablar y al que no me une absolutamente nada ha muerto esta noche. Por curiosidad he buscado su foto y hay que ver lo que se parece a ese anciano que me miraba desde el interior de la furgoneta.

Deploro profundamente el tono lastimoso y poco risible de estas líneas. Pero más deploro la certeza de que un buen día será mi culo pellejudo el que esté camino del asilo, vestíbulo de la tumba, y aún más lamento saber que la única manera de escapar a ese sórdido destino es buscarse una muerte violenta, excitante, sí, pero harto incómoda y aparatosa.

Para no dejar este empalagoso a la par que ceniciento sabor de boca, vaya una nueva ración de esas despropósitas búsquedas en gúguel con las que me encuentran, buitres volando en círculo sobre la mi cabeza.

soñar con pústula
tetas jaguayanas
pustular a trabajo fuera del pais
hombres haciendoce la paja
hoja de vida baraco bama
tete los serrano masturbándose
el fiero herodes
un hombre sin cable
indigena banzai desnudo
hombre guay
la perícula de asia
cañerias atascadas por hongos
extincion de los monos chorongos
pustulas de pollo
versos del pitorro
piropos con rima consonante
me cogio un mono
inficción
singularidad espaciotemporal
video de hombre con la cabeza agusanada


Mucho me temo que ni siquiera al último puedo satisfacer, pues no muestro imágenes de mi gruyeresca sesera, efectivamente repleta de agujeros de gusano y otras singularidades espaciotemporales. Será la premonición-coincidencia, pero llevo todo el día en un continuo deja-vú, con la misma cara de lelo que Mel Gibson al final de “Señales”, e igual desazón que el correspondiente espectador.